Este fin de semana hemos celebrado el cumple del peque con toda la familia en la tierra de su papá. Situación extraña porque es la primera vez que vamos a Béjar y no nos alojamos en casa de mis suegros, sino en un hotelito estupendo, donde estábamos juntos pero no revueltos. Cada "mini-familia" en una casa; pero todo el clan junto. Así, si un peque estaba durmiendo, las otras no tenían que estar calladitas o los adultos podían ver la tele por la noche después de cenar sin ponerse cascos. Cada grupo en su casita dentro del mismo centro rural. Una gozada. Hemos desconectado una barbaridad, en un lugar donde se veían las estrellas y había silencio. Sí, todavía hay lugares en que por las noches, las luces naturales se ven en todo su esplendor. Y eso, a cinco minutos de una ciudad que no se veía. Con un tiempo fenomenal. ¿Quién iba a decirme a mi que en Salamanca en febrero-marzo iba a poder pasearme en manga corta? El clima es así de caprichoso, mejor para las peques y para los adultos. Nos juntamos en total 18 y, reconozco, que hemos comprado comida para, por lo menos, 40 personas. Pero es que, siempre es mejor que sobre a celebrar un cumpleaños y que la gente se quede con hambre. Saladitos, canapés, empanadas, embutido de la tierra (que menos que fuera ibérico)... y nos cortamos y no compramos langostinos Todo era poco para celebrar el primer año de Daniel, de nuestro pequeño campeón. Un año de ver el mundo con otros ojos. Un año vivido intensamente, en el que hemos ido aprendiendo a deshacernos de muchas ideas, a experimentar otras muchas y, sobre todo, a valorar lo que hemos tenido cuando éramos pequeños. Porque, cuando somos peques, no valoramos lo que es tener unos brazos que nos consuelan si nos caemos, o un bibe calentito que llevarnos a la boca, o esos mimitos mientras damos los primeros pasos. O lo que aguantaban nuestros padres en esos viajes en que, antes del primer semáforo ya habíamos preguntado "¿falta mucho? ¿cuándo llegamos?" por no hablar de los juegos al estilo veo veo o canciones que repetíamos una y otra vez.

Este fin de semana, en un paisaje lejos del bullicio, he podido pensar en muchas cosas, con la calma que da el saber que no son sólo mis ojos los que están pendientes de Daniel. No han sido más de 48 horas. Salí de casa a las cuatro y media pasadas del viernes y he vuelto a casa a las 4 y media pasadas del domingo. Fuimos Dani y yo con mi hermana y su peque. MI marido y mi cuñado salieron después de trabajar. Y el tiempo que estuve con la familia sin mi marido fue como si no pasara. Yo quería verle rápido y el tiempo pasaba lentamente. Será una tontería; pero ya no disfruto sin él. No llevamos ni tres años casados y si no está, es como si faltara la mitad de mi. No es que esté apegada a él, es que es mi vida. Y que nadie entienda que me anula. Nada mas lejos. Él siempre ha sido mi principal valedor, confiando en mí diría que hasta más que yo misma. Y en estos tiempos en que la televisión nos bombardea con la violencia machista, descubrir que tu pareja es todo lo contrario es estupendo. Ninguno de los dos somos celosos. Es algo que no tiene sentido cuando hay amor por medio. Porque, si quiere estar con otra persona, no estaría conmigo. Por lo que si está conmigo es porque quiere estarlo y no tengo que pensar qué estará haciendo o con quién estuvo en el pasado. Todas esas relaciones (fueran muchas o pocas) se acabaron. La nuestra está viva, la cuidamos dia a dia y fruto de nuestro amor ha nacido nuestro pequeño. Seguimos igual o más "atolondrados" que el día que nos besamos por primera vez. Y que dure mucho tiempo.

El estar con la familia me recordó también el mutismo absoluto que mantenemos con lo de mi libro. Ellos saben que escribo; pero desconocen mi faceta de bloguera y que haya publicado. Este finde era Daniel el protagonista y haber dado la noticia no habría sido acertado. Prefiero hacerlo más adelante, envolver el libro en papel de regalo y dárselo a mis padres. Mis hermanas tampoco lo saben. Nadie de mi familia sabe que ya está a la venta. Ni siquiera han leído el borrador. Podrían tropezarse con él en la red; pero no creo que me busquen. Piensan que es uno de esos proyectos con los que me entusiasmo y que termina sin acabarse nunca. Esta vez es diferente. El paso de los años no ha hecho que cambie demasiado; pero ahora acabo cosas. Cosas importantes. Me puedo cansar de un proyecto, de un sueño que no termina de realizarse. A todos nos pasa. Pero... desde que me casé lo importante se acaba. El embarazo fue una prueba estupenda para convencerme de ello. Ahora estoy cuidando de un bebé y me descubro cada día con nuevas metas, nuevas responsabilidades que no se pueden quedar estancadas. Es como las labores del hogar, no puedes poner el lavavajillas y que no acabe nunca. Menudo gasto de agua, de detergente y de energía. Puede que tarde más o menos; pero si me pongo a planchar hay que acabar con el montón de ropa. Aunque mañana haya otro nuevo. Con los libros pasa algo parecido. No tengo todo el tiempo que quizá sería necesario para que fuera constante. No es mi prioridad absoluta en este año de excedencia. Pero, poco a poco, voy cumpliendo mis objetivos. Aunque sea esbozar ideas en cuatro palabras, apuntadas de forma rápida en un cuaderno o en una página en blanco de word al estilo borrador. Eso hace que esté pendiente de detalles que quizá, de otra forma, se escaparían. Por ejemplo, en los pañales que usamos con Dani hay dibujitos. Pues descubrí que eran "sexistas". Me explico, cuando el elefantito salía con su mamá, aparecía con una regadera, con un cesto de pan... si aparecía con su papá, tenía entre las patas una pelota de fútbol. ¿Lectura? Mamá hace las tareas del hogar y de los juegos, de lo divertido, se encarga papá. ¿Qué ganan haciendo eso? No lo sé. Supongo que la mayoría de la gente no se ha dado cuenta del detalle. No voy a cambiar de pañales por ello, porque para mi son los más cómodos... mas me llama la atención lo que se puede llegar a hacer dibujitos en un pañal. Hablando de cosas curiosas. Hay un anuncio en televisión, que me parece demencial. El mensaje dice algo así como que las chicas son muy inocentes y que se fijan más en el cuerpo de los chicos de lo que parece. Son dos muchachotes que se disfrazan de feos para estar rodeados de chicas. Seguro que lo habéis visto. Y los ponen a los chicos como modelos de lo que hay que hacer para que las chicas caigan a tus pies. Valiente tontería. Qué aburridos estaban los creativos de esa campaña de publicidad. ¿Les merecía la pena? No lo sé, no creo que los chicos se decanten más por ese refresco para tener ideas de perogrullo.

You are not alone. Una canción de Michael Jackson. No recuerdo de qué disco. Aunque tengo varios, me quedé en Thriller. Pero me gusta porque si hay algo que me he repetido este fin de semana es que no estoy sola. Lo decía en otro post. Debe ser triste que nadie te recuerde. Yo sé que tengo nombre y apellidos por alguien, que sabe de qué color son mis ojos, mis gustos culinarios... De vez en cuando es bueno ponerla y darse cuenta de que, aunque lo parezca, no estamos solos... haya vida en marte o no... en este planeta viven millones de personas... no estoy sola, mis acciones desencadenan reacciones en los demás. Tantas personas que pasaron por tu vida, tantos amigos que se perdieron por el camino... y tantos otros que aun no se han cruzado. Porque lo duro de la soledad es cuando viene sin esperarla, cuando sólo ves su tintura grisácea, que impide pensar en los colores. Cuando se acepta sin aislarte, descubres que por el hecho de ser ser humano, no puedes estar solo nunca. Puedes estar rodeado de personas y estar solo. La soledad de las grandes ciudades, el individuo engullido por la masa ingente de personas que deambulan de un lado para otro sin prestar atención al de al lado. Y puedes estar acompañado de miles de personas sin nadie alrededor. En estos tiempos de internet, todo puede ocurrir.