Hoy lo reconozco. Estoy en plena crisis de fe. Cuando hace años hice el Camino de Santiago, el cura que nos acompañaba me dijo que una vez que Dios entra en el corazón ya no se le deja. Hoy no tengo muy claro que eso sea verdad. Sí que es cierto que aparece de vez en cuando la sensación de rezar, de poner en orden el alma, de pertenecer a una comunidad , de contarle mis cosas a un "amigo especial". Porque, realmente rezamos para saber que Dios está ahí, cerca de nosotros. Y nos montamos una película de acciones y deberes que no tienen nada que ver con ello. El miércoles por ejemplo, yo me debatía entre ayunar o no. ¿De qué iba a servir cumplir el ayuna y la abstinencia si llevo meses sin pisar una iglesia? Los primeros domingos fueron porque mi colon hizo de las suyas. Los siguientes porque, como no había ido, tenía como cargo de conciencia. Y ahora es pura vergüenza. Absurdo, lo sé... porque Dios no mira tanto nuestras faltas como nosotros. Al menos, no lo hace el Dios que yo conozco. Le tenemos como un juez o como un fiscal, cuando el que yo conozco se plantea más si amamos o no. Lo que hagamos es secundario, lo mas importante es el amor. Estoy cerca de Dios si me amo a mi, si amo a los demás... aunque mi conciencia me martillee con lo que "hay que hacer": penitencia, sacrificio, limosna, oración, ayuno... ¿De qué sirve eso si está vacío? Podría pasar el día a pan y agua, que si no me lleva a los que sufren no serviría de nada. O peor aún, que eso me hiciera quedarme en mi y lo hiciera medio público, con cara larga. ¿Qué mérito tiene eso? Hay muchas personas en el mundo que hacen dieta forzosa, o las que ayunan para perder kilos.

En mi relación con Dios, últimamente, hay mucho "yo" y poco "Él". Me importa demasiado el qué dirán. Y eso no está bien, porque quien sabe realmente lo que pasa somos "Él" y yo. Hace bastante que no sé nada de Él. Que mi oración más que en noche oscura es cansancio y pérdida de tiempo. No le oigo. Y más de uno pensará "¿Y qué esperas, una voz desde el cielo con megáfono o qué?" No, no me hace falta eso. Si Dios hiciera eso sería un susto más que otra cosa. Me impondría su presencia... no sería Dios. Y a veces me gustaría que lo hiciera, no lo dudo. Aunque no me creo a los "videntes", a esas personas que parecen que pueden hacer milagros. Mi fe no se basa en eso. Es una relación personal con un ente vivo, no una serie de oraciones dichas como un papagayo o una serie de preceptos que hacen infumable la vida y que ponen una losa encima. Digamos que se acerca más a una relación de amistad. Con todo lo que eso supone. Ahora está en ese punto en el que la amistad parece inexistente porque a uno le da vergüenza buscar noticias del otro pues hace tiempo que no se ven, que no hablan. Y el otro llama, pero uno siempre tiene excusas para no coger el teléfono, con el temor propio de que el otro termine cansándose. En el caso de Dios, afortunadamente, no se cansa, pero a nosotros sí que nos termina pudiendo la vergüenza. Y me echo en cara cosas que Él no haría, porque lo que le importa es que yo intente contactar con Él, no lo que ha pasado en el pasado.

Hace tiempo me dijeron que lo propio de los seres humanos es fallar. Y que si no lo aceptábamos era por orgullo más que por otra cosa. ¿Cuántas veces nos hemos recriminado al final de un trabajo o de un cuatrimestre que no hemos dado todo lo que podíamos? Ya nos lo ponen hasta en los programas de televisión. Personas que salen de lo que era su sueño diciendo que saben que han perdido una oportunidad estupenda porque no se han esforzado. ¿No es un poco estúpido? Te pasas la vida deseando algo y cuando llega, no pones todas tus ganas. Con la vida pasa igual. Nos fallamos a nosotros mismos y encima nos lo recordamos o nos lo recuerdan como un dedo acusador. Como yo ahora. Me digo ¿para qué, ya has faltado a Misa varios meses? Como si Dios pasara lista... al contrario. Él no hace eso, se alegra con los que están, no les recrimina que no estuvieran o no estén mañana. No les recrimina que anden pensando en mil cosas mientras intenta hablar con ellos. Le gusta ver esos intentos de concentración. Son los seres humanos los que juzgan con parámetros humanos, Él no. Y si eso es cierto... ¿por qué no acudir? Supongo que es por el juicio, lo que dirá el sacerdote que hace meses que no me ve... o por tener que reconocer que no puedo sola... o por no saber qué decirle cuando me aplaste el silencio... o por falta de valor para enfrentarme a esa realidad. Y así, pasa el tiempo y cada vez es peor.

Podría poner como excusa la situación eclesial para no ir. Que cura me cae mal, que lo que dicen los obispos no se acerca a la realidad, que tal monja me ha juzgado o me da mal ejemplo... Pero eso tiene poco que ver con Dios, aunque no lo parezca. Mi fe no puede depender de lo que hagan los curas, las monjas, los obispos... porque entonces creería en ellos y no en Dios. No puedo poner la excusa de las acciones de los demás para mi trato con Dios. Si estoy en crisis es por mi, no por ellos. Y lo cierto es que, a pesar de todo, es algo verídico que si vives sólo la fe, al final se apaga. Por extraño que parezca hace falta vivirla en comunidad para que siga fuerte. Porque no se puede saber lo que es amar si no hay relación con los demás. Al menos, yo no puedo. Si un cura me cae mal, no me gusta lo que dice o lo que sea, voy a otra parroquia y arreglado. Ése no es el problema actual. Las veces que le he escuchado, mi párroco me ha ayudado con sus homilías y las veces que he hablado con él. Sí que he tenido veces que no he estado de acuerdo con un sacerdote, con sus ideas o sus métodos. Igual que me ocurre con otras personas, no tienen que caerme bien todo el mundo. Con unos siento más afinidad que con otros. Pero ya digo que ése no es el problema actual. Y cuando uno necesita a Dios, se busca las formas, otra parroquia, otro grupo, otra diócesis... que tal forma de orar no te sirve, se pasa a otra.Lo importante esorar no el cómo. Al menos es lo que pienso. Habrá algunos que tengan fe, otros que piensen que es un invento de débiles. Creo que lo importante es que te ayude a ser mejor persona, a vivir de otra forma, porque si no cambia la vida, la fe no es auténtica. La relación con Dios es algo más. Es un encuentro personal con alguien vivo, y eso es algo diferente a una serie de normas y preceptos. Cuesta explicarlo, hay que vivirlo. Pero quien lo ha vivido, ya no puede olvidarlo, ni puede vivir como antes. Y cuando no vive asi, lo echa en falta.

Hoy no tengo muchas más respuestas, salvo para mí. No hay recetas para todos. Pero al escribir la situación en la que estoy, he visto más o menos lo que hay quehacer. No es fácil, como todoen esta vida. Y puede que sólo me sirva a mi. Supongo que lo mejor es que cada uno, observe su vida con tranquilidad y sin prisas. Sin perderse en circunstancias, sino buscando lo esencial.