A veces se nos olvida. Pasamos por la calle de cualquier gran ciudad y no nos fijamos en los demás. Vemos a los mendigos y casi podría decir que nos estorban. Porque son como el recuerdo de lo que nos puede pasar a nosotros si nos van mal las cosas y si nos equivocamos en nuestras decisiones. Personas que tuvieron casa, una pareja, un trabajo, hijos, un futuro... y que por el alcohol, la droga o la soledad, acabaron en el adoquinado, detrás de la puerta, sin que nos acordemos de su cara. Vamos en el coche y sabemos en qué semáforos hay que bajar las ventanillas o poner cara de perro para no nos amarguen el día. Sí, es cierto, hay algunos que dejan el parabrisas más sucio de lo que estaba. Pero eso no quita para que les quitemos la dignidad de seres humanos. Les damos la espalda o hacemos como si no les viéramos. ¿Y nuestra compasión? Imagino que el problema es el de siempre. La fama de unos pocos que usan la mendicidad para cometer delitos, hace que les veamos casi como seres inferiores, de los que no importa lo que les pase, no valoramos su vida. Pero existen. Detrás de ellos hay una historia, dura ; pero con destellos de felicidad. Como la de todos nosotros.
Son seres humanos, no parte del mobiliario urbano. Que ocupen siempre la misma esquina, no significa que no los veamos. Hay artistas que se dedican a quedarse inmóviles, imitando a algun personaje histórico o algún oficio o sueño astral... pero los que piden en la calle no siempre se disfrazan. Algunos nos muestran sus dificultades como el hecho de no tener brazos o heridas en los pies. ¿Nos ponemos en su lugar? Porque tiene que ser durísimo sacar a la vista de todos lo que se quisiera ocultar para provocar la compasión, aunque a veces es lástima lo que despierten en los viandantes. Recuerdo que hace unos años, en una celebración parroquial, me tocó pasar el cestillo. Bueno, pasar no es la palabra porque nos colocamos a los pies del altar, el párroco, el coadjutor y dos laicos con el cestillo y eran los feligreses los que pasaban a dejar el dinero. Y os aseguro que, algo de mí pasó mucha vergüenza. En esos momentos no sabía si mirar a los que iban pasando, si mirar lo que echaban o no mirar a ningun lado. Y pensé en la gente que pedía en la calle. Para ellos mismos, porque yo estaba con el cestillo de la iglesia no para mí. Y os repito que fue una experiencia dura. No tengo problemas para leer en público, o cantar, o dar la comunión... pero el cestillo os aseguro que me tuvo unos días dándole bastantes vueltas a la cabeza. Me acordé de S. Francisco de Asís, pidiendo de puerta en puerta pan o piedras. Las mismas puertas que habían sido testigos de sus fiestas, de sus correrías... pidiendo en la de su familia, viendo el desprecio de sus conocidos, la humillación de sus padres... Y repito, que no era por necesidad suya. Me imaginé también lo que debía de ser pedir para dar de comer a los hijos y ver cómo la gente pasaba de largo sin mirarte, viendo que no te llega para alimentar o vestir a tu pequeño.
Tiene que ser duro, porque a ninguno nos gusta pedir ayuda, depender de otros. Es, diría yo, algo natural en el ser humano eso de "dejarme a mi, que yo puedo". Lo vemos en la fase de autoafirmación de los peques, cuando quieren comer ellos solos, vestirse ellos, andar sin que les sujeten. Valerse por si mismos es algo que está tan metido en nosotros mismos que el tener que depender de otros a veces se hace insoportable. Los bebés dependen completamente de sus padres; pero como no conocen otra cosa, no tienen problemas; pero los enfermos que no pueden hacer nada sin ayuda, lo pasan mal. Algunos piensan que son una carga para los suyos y tienen dos opciones: o no se quejan para "no molestar" o se pasan todo el día protestando, enfadados con la vida que les ha tocado vivir. Realmente están enfadados con ellos mismos, porque no aceptan la realidad que les ha tocado vivir... querrían hacerlo de otra forma y se quedan sólo en lo negativo. En vez de aceptarlo y ver las posibilidades que se le ofrecen, se quedan en la queja, en el mal humor. Sólo cambian si la mirada de otro les saca de uno mismo. Porque a veces, quien menos tiene, es el que más da y el más féliz. Lo que más llama la atención a los cooperantes de las ONG es que cuando van a una zona de pobreza extrema descubren que los niños sonríen, cuando se les presta atención, con un pequeño detalle, que son felices en medio de sus difíciles situaciones. Y así, los que no tenían nada son los que dan a los que venían a dar y se descubren más pobres que ellos en espíritu humano.
La riqueza o la pobreza no determina la dignidad humana. Se puede estar "podrido" de dinero y ser un despreciable... y se puede estar durmiendo en la calle sobre cartones y ser más digno que el más alto dignatario del estado. Es el corazón lo que nos hace valiosos, no la cuenta bancaria. Y todos, desde el más débil de los bebés enfermos hasta el más rico del mundo, tenemos la misma dignidad, porque todos somos seres humanos. A mi me indigna leer algunas noticias de que se han dejado enormes fortunas a perros y a gatos, al lado de las noticias de hambrunas, de desastres naturales o de guerras. No digo que les quitemos la dignidad que tienen a los animales; pero primero se la tendríamos que reconocer a todos los seres humanos, incluso los no nacidos; porque los fetos de 8 meses pueden vivir fuera del cuerpo de la madre. Y los de 7 también. Y no se concibe que se cuide a los animales y terminemos dejando a los abuelos aparcados en una gasolinera porque nos estorban para ir a la playa o a un viaje de placer. Hay que mirarse el ombligo y quererse mucho; pero también hay que mirar a los demás. No cuesta tanto como algunos creen. Quizá la próxima vez que veamos a un pobre pidiendo limosna, lo veamos con otros ojos. O al que limpia cristales o vende pañuelos en los semáforos. Por lo menos, no les quitemos su humanidad, sólo han tenido peor suerte que nosotros en la vida.
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