Si hay algo que no echo de menos en mi casa son las obras. Mis padres se pasaron gran parte de mi vida haciendo obras en casa. Cada 7 años cambiaban de casa. ¿Por qué? bueno, eran otros tiempos y, curiosamente, siempre nos mudábamos de casa después de haber hecho obras. Conseguían ahorrar algo, hacían una obra (cocina, baños...) y como las paredes no daban más de sí, se decidían a cambiar de casa por algo más grande. En su vida han pasado por casas de 1, 2, 3, 4 dormitorios. Y con ellos, nos hemos ido mudando el resto de la familia.

La última vez que se mudaron fue a una casa vieja, con muchas posibilidades segun mi padre y que segun el resto de la familia se parecía más a la de "Esta casa es una ruina". La calefacción no iba ni para atrás, por lo que para calentar teníamos que poner la chimenea en marcha, calentando ladrillos reflectantes que envolvíamos en periódicos para poder meterlos en la cama. ¿Por qué? porque más que una cama, parecía una nevera y no había dinero para comprar bolsas de agua. Era un caos. Al principio íbamos los fines de semana, llevándonos hasta la comida hecha de los dos días porque allí de cocinar, nada de nada. Y del jardin, mejor ni hablamos. Llena de cables por todos lados, lo extraño es que no hubiera habido un cortocircuito. Cada fin de semana nos tocaba algo distinto. En la piscina, por ejemplo, al vaciarla nos encontramos una escalera en medio de una especie de chapapote verde, asqueroso y que desprendía un olor vomitivo. Hizo tanto calor cuando la compramos que al final nos decidimos por intentar llenar la piscina. Limpiarla fue toda una odisea, os lo aseguro. Primero, el chapapote verde, que nos llevábamos en carretillas. Después cepillos de raiz al estilo barrendero con todo lo que se nos ocurrió echar (lejía, limpiador industrial...). No recuerdo la de veces que nos tocó pasar el cepillo para dejarla presentable. También nos tocó quitar una de las escaleras del mal estado en que estaba y la otra hubo que arreglarla, pues estaba picada en una parte y oxidada en otro. De locos.

¿Y en casa? Buuufff, lo primero fue quitar todos los cascotes de lo que se suponía podía ser la buhardilla. El espacio era tan diminuto que teníamos que reptar llevando los cubos llenos de cascotes que dejaron los primeros albañiles. Encontramos un periódico de 1970. Después de quitar los cascotes, nos tocó poner mantas térmicas, de esas que son amarillas y cuyos componentes pican una barbaridad. Luego nos tocó meternos con la caldera, que no estaba aislada correctamente y hacía un ruido enorme. Tenía pérdidas y no calentaba. El garaje estaba lleno de cajas con huchas del anterior propietario... alguna de ellas era el dulce hogar de unas cuantas familias de cucarachas. También hubo que arreglar la puerta de entrada, aunque en la casa no había nada que robar, sí que es cierto que el perro se podía escapar. La cerca de alibustres estaba que parecía una selva. El cesped media medio metro de alto y los árboles estaban en unas condiciones que ni os quiero contar. En el interior de la casa, había habitaciones en las que no se nos ocurría entrar solos y otras en las que el frío se podía cortar con cuchillo aunque fuera verano. Humedades, baldosines que se caen, puertas que crujen, eran nuestro día a día. Más de un fin de semana estábamos deseando ir al trabajo o a la universidad o al instituto, por dejar esa vorágine.

¿Cuántas obras se hicieron hasta dejarla como está ahora? Diría que 3 ó 4. Primero tiramos la mitad de la casa y después la otra mitad. Años y años de obras, de albañiles a las 7 de la mañana fuera invierno, verano, laborable o festivo. Y cuando se acababa el presupuesto, pues no tocaba a la familia. Gracias a eso he aprendido desde poner suelos, a alicatar la cocina, arreglar radiadores, pintar techos, paredes, arreglar instalaciones eléctricas, empapelar, poner paneles de madera, soldar, poner canalones, tejas, ladrillos... Ahora la casa está preciosa y responde al sueño de mi padre, lo que él visionó cuando nosotros sólo veíamos desastre y más desastre. Costó mucho; pero la casa familiar ahora merece la pena. Ya no se parece en nada a la primera. Costó pero al final conseguimos encontrar unos albañiles buenos y que hacían buen precio.

Costó y mucho. Pero mereció la pena, cumplir el sueño de mi padre. La casa actualmente para la familia tiene un valor que difícilmente se podría pagar. No tiene precio, tantos madrugones, tanto dolor de espalda, tanto fregar los platos en la bañera, tantos golpes por la noche con los ladrillos, tantas velas porque la luz se iba en cuanto hacía un poquito de viento. Creo que todo ello ha hecho que nuestro carácter sea así. De no amedrentarnos por las dificultades y atrevernos a mirar más allá de las apariencias. Atrevernos a soñar con algo mejor y pelear, trabajar por ello. Todos nos esforzamos segun nuestras posibilidades.

Cuando la gente viene a casa, siempre se quedan en su apariencia actual. Nosotros, cuando la vemos sabemos lo que ha costado, como estaba y como está. Y podemos decir que no hay nada imposible si unos cuantos se lo proponen y se ponen manos a la obra, nunca mejor dicho.