Antes de nada, quiero dar las gracias a todos los que me habéis dejado un comentario felicitándome por mi cumpleaños. Muchas gracias, de verdad, por formar parte de mi vida, dejarme formar parte de la vuestray entre todos hacer una familia virtual que cada día es un poquito más grande y más humana.

Dicho esto, os contaré un poquito lo de este fin de semana en Trujillo. Antes de nada, decir que la propuesta era estar sólo los tres, sin ordenador, sin móvil lo más posible. Sin planes, sin ideas preconcebidas. Sólo mi marido, Dani y yo. Reservamos la suite del parador de Trujillo, una buena decisión, al igual que lo de elegir la media pensión. No íbamos a estar mucho tiempo y con nuestro príncipe era casi seguro que cenaríamos en el parador. Un gran acierto que nos salió mas barato de lo que pensaba.

El parador es un antiguo convento de clarisas del siglo XVI. La antigua comunidad lo vendió porque no podían mantener el edificio en condiciones e, imagino que con lo que les dieron, se hicieron el edificio de enfrente. Por lo que iba buscando a las clarisas de Trujillo y las teníamos en la otra acera. Compramossus dulces, normal, porqueson recetasde hace 300 años y que no tienen "nada raro" las pastas de almendra llevan huevo, almendra y azucar, nada más. Y, por otro lado tiene el típicosabor de repostería monacal. ¿Qué sabor? El que dá hacer las cosas despacio y bien porque el trabajo es una alabanza y una forma de dar gloria a Dios. Las cosas se hacen de forma distinta cuando el trabajo es una carga que debe afrontarse para pagar la hipoteca a cuando es una manera de decir "te quiero" al Amor de tu vida. Son 10 monjitas en la comunidad. Les faltan vocaciones, jóvenes que quieran seguir esa llamada de santidad. Curioso, pensé en Lerma donde en un convento preparado para 35 o 40 monjas hay 100 y pico. Unos tanto y otrostan poco.

Aparte de eso, el dia 7 paramos en Guadalupe. Se preparaban para la fiesta grande del 8. Me hizo extraño, porque las veces que había ido, siempre había sido de peregrinación y los sitios se ven de otro modo. Visitamos la basílica y nos fuimos a Trujillo.Sucedió lo que podría llamar un "expediente X". A la salida de Guadalupe hay un cartel que pone "Trujillo 30 km". Pues bien, los 30 kilómetros son realmente 80. Porque cuando llegas a Zorita, tras casi tres cuartos de hora te pone "Trujillo 30 km". A mi que me lo expliquen. Tres cuartos de hora en coche para no hacer ni medio metro. Ocurre algo parecido en Trujillo para ir a Mérida. Te ponen "Mérida 89" a la salida y no has hecho ni 10 metros cuando aparece una señal de "Mérida 92". ¿Mandeeee? Me parece que alguno se perdió la lección de Coco de Barrio Sésamo de las distancias.

En Mérida, por una vez no me cayó la tromba de agua de rigor. Todo estaba abierto, de forma gratuita porque el 8 de septiembre es la fiesta de Extremadura. Primera noticia que teníamos. Si lo hacemos aposta no nos sale. Sigue siendo caótico, con el tema de las señales; pero bueno al final llegamos al Teatro y al Anfiteatro. Hace años hice un trabajo sobre el conjunto. Ya no me acuerdo de nada. Ley de vida, supongo. Aprobé con nota esa asignatura y al cabo del tiempo ya no recuerdo nada.

Ayer hicimos uno de nuestros recorridos extraños para volver. Todo el mundo habría cogido la A-5 y en un par de horitas más o menos se habría plantado en Madrid. Nosotros no. Atravesamos Monfragüe (¡qué bajo está el pantano!) pasamos por Plasencia e hicimos una parada en Béjar. Parece absurdo, pero si digo que en Béjar están mis suegros y que hace unos meses que no ven al peque se comprende. Es parte de la cultura "céntrica". Me explico: Desde Madrid puedes plantarte en cualquier parte de la península en un tiempo máximo de 9 horas en coche. La carretera suele ser autopista por lo que se va bastante bien. No da pereza ponerse en camino, porque estamos acostumbrados a distancias en coche. Algo que para por ejemplo un burgalés o un oscense es casi impensable. Es una de las cosas buenas de Madrid. 200 kilómetros a la redonda para nosotros no es nada. Y estando relativamente tan cerca, no pasar a ver a mis suegros no me parecía buena idea. Ya estábamos en ruta, ¿qué más da entrar por la A-5 y luego coger la M-50 que entrar por la A-6? Nos desviamos un poquito, sí; pero les dimos la sorpresa y les alegramos el fin de semana con la visita inesperada, casi en plan relámpago.

Un fin de semana completito, recarga pilas como suelo decir en el que tuvimos un poquito de todo. No me comí las migas de La Troya, pero disfrutamos de la gastronomía extremeña en el parador. Por cierto que la noche de mi cumpleaños, cenamos en uno de los claustros, a la luz de las velas, con música de fondo de saxofón y guitarra. Una delicia, un momento que no se me va a olvidar en la vida. Evidentemente nos llevamos a mi pequeñín. Sí, era un poco tarde; pero no íbamos a dejarle en la habitación o a cenar por turnos. Lloró un poquito hasta que uno de los músicos cogió la flauta y le dedicó una melodía. Se durmió como un solete y sus papis pudimos disfrutar de una cena romántica, el mejor regalo. Además, mi colon me dejó tranquila gran parte del fin de semana.

Es una experiencia que, ojalá, podamos repetirla una vez al trimestre. Porque irse un fin de semana por ahí, salir de la rutina, dejar el "mundanal ruido" de los ordenadores, los móviles, el tráfico y la ciudad es algo buenísimo para la salud. No digo ir siempre de paradores, porque el bolsillo puede tener alguna crisis, más ahora cuando la hipoteca parece la espada de Damocles.