Casi casi terminando el día, publico una poesía cuyo título desconozco, de un autor casi desconocido, pero que me encanta, hasta el punto de desordenar el trastero por encontrar la caja en la que la guardo. En casa de mis padres estaba en la mesilla, pero cuando me casé, todo eso pasó al trastero... quizá porque mi vida de casada empezaba de cero.... hay un antes y un después de la boda.

No me enrrollo demasiado porque quiero ponerla. Sin foto, sin música, sin nada... sólo la poesía de Ángel Moreno, de Buenafuente del Sistal, Arenas de Fuego.

He bajado hasta tí
hasta tu propia soledad herida
al seno de ti mismo
a lo más profundo.

Y ahí, dentro de tu propio ser
te tiendo mi mano desclavada.
Déjate curar en mis heridas.
Yo he querido gustar toda tu situación personal,
tus miedos, tus huídas, tu silencio y tu soledad,
hasta tu muerte.

No he querido decirte ninguna palabra mágica,
sólo te saludo:
La paz sea contigo.

No te impongo mi presencia
Ninguno de los míos me ha reconocido en el primer encuentro,
y nadie me ha visto resucitar.

Pero deseo enseñarte mis manos y te las ofrezco,
mostrarte mis pies.
Y sobre todo a tí, en concreto,
en intimidad de amigo,
también te descubro mi corazón,
y la huella de mi costado abierto.

No te asustes.
Ahora ya sé todo.
y hasta dónde puede sufrir un hombre.
Ahora ya no hace falta que me expliques nada.
Te comprendo.

Por eso, y únicamente, me presento a tí.
Un poco de puntillas.
Sin hacer ruido a las puertas al entrar;
No quiero molestarte en tu camino un tanto decepcionado.

Pero sí, acaso deseas invitarme,
paso a tu lado.
Ven. Llora si quieres.
O duda.
No te importe contarme tus creencias insatisfechas;
Sólo te pido que no te encierres en tí mismo.
Yo he roto toda atadura y he abierto todo sepulcro.
No te quedes encerrado en cenáculo alguno.

Si mi salvación ha llegado hasta Adán,
¿Cómo piensas que no va a llegar hasta tí?
No creas que no quiero escucharte;
Todo lo contrario: ¡me interesa todo lo tuyo!
Si supieras tú como me veo yo mismo en tí,
cuando tú me vas diciendo:
¿Por qué mi cansancio y la experiencia de abandono?
¿Por qué la tristeza de no sentir al lado a los que tanto quiero?
¿Por qué tanto sufrimiento injusto?
¿Por qué, a veces, el dolor de la muerte?

Ven, ven.
Pon tu mano en mi mano.
Ven.
Mete tus dedos en mi costado.

No te digo nada.
Únicamente te llamo por tu nombre.
Sabiendo de tu herido por la mía,
hoy transfigurada.