No diría que tener un blog es como tener un hijo; pero casi. Tienes que tener tiempo para dedicarle, buscar temas de los que hablar, leer otros blogs, buscar nuevas ideas para la plantilla, nuevas aplicaciones... Y lo que empieza como hobby, casi se convierte en obligación y preocupación. Obligación porque tienes una cita con el ordenador, sea diaria o espontánea. Preocupación porque escribes el artículo y esperas que, quien se ha tomado la molestia de llegar al final, te pongan un comentario, para bien o para decir que no le ha gustado nada. Algo que asegure que hay alguien al otro lado de la pantalla. Y claro, haz a los demás lo que quieres que te hagan a ti. Porque no es muy normal que quieras que la gente escriba en tu blog y tú leas otros y no pongas nada. Con lo que tener un blog hace que visites una serie de blogs a diario para ver las novedades. Esos blogs te llevan a otros, que lees, escribes, conoces a más gente y unos te llevan a otros. Y te ves dentro de una comunidad virtual que ni te esperabas. Gente que te importa sin ni siquiera saber quienes son. Sólo les conoces de Nickname, si te los cruzas por la calle ni te enteras.

En mi caso, los pasos de creación de un post son sencillos. Abro la plantilla, pongo el título y busco en google una imagen que reprensente lo que voy a contar. Y buscando llego a otros blogs, que aparecen en muy diferentes sitios, no sólo en la coctelera. Y claro, como los encuentras, te lees el artículo. Alguno es tan bueno que coges sudirección y lo pones en enlaces, dando gracias a que tienes el explorer y has aprendido a abrir pestañas. ¿Y de lo que iba a escribir? Se me ha olvidado, me he puesto a leer cosas, las he pensado y ahora no recuerdo la idea original. Tengo una plantilla con título, así que escribo en un párrafo lo que quiero contar. Y no me gusta: que si demasiado abstracto, que si demasiado concreto, que si demasiado extraordinario, demasiado ordinario. Porque claro, lo que quería decir, ya lo he dicho en post anteriores y no se trata de repetirse. Aunque a veces tenga la sensación de que soy monotema.

¿Y los saltos? Porque empiezas con un párrafo filosófico y terminas con el precio de un café o hablando de los frutos secos y de su aporte calórico. Se te va la pinza, lees a tus amigos y te dan ideas, muchas ideas, que no puedes poner en tu blog porque sería como plagio. Bueno, si cito a mis fuentes no lo es. Y pasa el tiempo. Te preguntas cómo otros tienen dibujitos en el ratón. Cómo consiguen esos adelantos, cuál es el comando o como se llame, que no soy informática y la jerga a veces se me va. Quizá tu pequeño espacio, tu pequeño teatro sea demasiado simple. El blog debe ser lo único simple que hay en mi vida. Cada día me encuentro tomando notas mentalmente para luego plasmar esas ideas en un artículo. Tan variados como la vida misma. Me controlo, porque podría tener 8.000 borradores. Aunque siempre tengo uno en la recámara. Uno que dices, tarde o temprano lo publicaré, tengo la idea, pero no sé desarrollarla. Algun día se me ocurrirá la idea genial y el artículo se escribirá como por arte de magia.

Luego están las preocupaciones, porque no sabes quién va a leer lo que escribes. No nos engañemos, todos escribimos para que alguien nos lea. Bufff y si les llegas al corazón, entonces hay fiesta. Porque dejar indiferente es lo peor que puede pasar. Ya puedes poner dibujitos, videos, enlaces... que si el texto no toca, no vale ni para spam. Quieres expresar una idea y que los demás pillen por donde vas. Y no sabes si los que te leen te conocen realmente. Bueno, algunos sí que sabes que te conocen. Han compartido momentos de tu vida y ahora saben de tí por Internet, por esta ventanita que se abre gracias a un teclado. Ahh! y que no se me olvide las preocupaciones gramaticales, sintácticas y ortográficas. Vamos que pasas más veces el corrector ortográfico de lo que reconocerías. Y es que el blog da una imagen de ti, de mi en este caso, que soy de las de antigua escuela. Sí, de esa generación de EGB, de los suspensos por tres faltas de ortografía. Por no contar la de veces que sabes lo que quieres decir y no recuerdas esa palabra exacta. Y piensas, y lees... y nada, no la recuerdas, la tienes en la punta de la lengua pero no te sale. Claro, como siempre usamos las mismas, cuando quieres decir algo específico, la mente no da para más. Por no hablar de los líos a la hora de poner los tiempos verbales. ¿Hablo en primera persona o como si tuviera un sólo interlocutor? Lees el texto y es una caótica mezcla entre la primera persona y la segunda. Ojalá quien lo lea no se pierda.

Algo que me encanta de tener un blog es la interacción en la red. Cada persona tiene algo que aportar y en esta red de redes, yo lanzo mis ideas. Con miedo a que me encasillen, sí, pero al mismo tiempo es como si me quitara la careta y pusiera lo que piensa la persona que realmente soy. Es una oportunidad de decir cosas que a la cara no haría nunca. Me gusta imaginar que me leen personas con las que ya no me relaciono, son alguno de mis interlocutores y saben que son ellos a los que me refiero en tal o cual párrafo. A lo mejor ni saben de la existencia de este blog; pero es que escribir sin pensar en quién te lee es muy difícil. Quieres ser tú misma, sin ofender o claudicar. Luego lees los comentarios y piensas "¡pero si yo no quería decir eso!". Tienes que contar con la libertad del otro, así que en cada artículo te juegaslo que piensen. No lo controlas, no se puede, cada uno tiene sus circunstancias. Es el riesgo apasionante que corres cuando escribes. Y, además, no sólo te pueden leer en tu propio país, sino que tienes amigos en la otra orilla del charco. Con lo que cuentas una cosa de tu mundillo y alguien diferente lo lee y ¡hasta se puede sentir identificado! Teniendo cada uno sus historias, al final nos encontramos en las mismas vivencias ¿no es genial?

Se quedan cosas en el tintero. Lo publicas y al releerlo descubres que podrías haber explicado la idea mejor. Editas el texto; pero no demasiado, que muchos retoques serían cargantes. Lo publicas y al rato te sorprendes que te acaban de poner un comentario, casi sin tiempo de haberse leído el texto, que, como siempre buscas que diga algo pero que no sea tan extenso que aburra. No hay duración standar, algunos son más cortos y otros más largos, como la vida misma. Lo pongo en alguna categoría, ésas que creaste sin saber muy bien para qué. Luego lo pones en tags, para que sea más fácil de encontrar. Y publicas, si tus circunstancias personales lo permiten. Lo bueno es que no se ve la hora en que lo haces, porque si no, más de uno pensaría que tener un blog es algo estupendo para las noches "duermevela". En mi caso, desde que soy madre, puedo encontrarme escribiendo a las 4 de la mañana, pensando "¡mira que tener insomnio, con el sueño atrasado que tengo y no consigo dormirme!". Ocurre que es ponerme a escribir, decir cuatro cosas y oye, como que me duermo tranquila, aunque sea media horita.

¿Y la comunidad de amigos? Eso es de lo mejorcito, sin tener en cuenta que te los encuentras casi por arte de magia y luego son como de la familia. Escribes cosas que ni te imaginarías. No tienes ni idea de lo que son amigos, ídolos y fans; pero lees a otra gente, compartes vivencias y te sientes, cómo decirlo, menos solo. Por no hablar de que los tienes de lo más variopinto: creyentes, agnósticos, jóvenes de espíritu y de cuerpo, hombres, mujeres, monárquicos, republicanos... de todo hay en la red y de todo puedo leer. Incluso puedes poner enlaces a esos blogs, a esas páginas que frecuentas o las que te han llamado la atención.

Eso sí, lo más duro es saber poner el punto y final al artículo. Como ahora. Lo dicho, tener un blog es como tener un hijo. Tiene vida propia.