Creo que una vez al año, todos deberíamos hacernos las preguntas que he puesto en el título. Siendo sinceros, que seguro que hay muchas respuestas correctas. ¿Quien soy? ¿A quién pertenece este cuerpo? La segunda pregunta tiene en mi actualidad una respuesta curiosa: Este cuerpo pertenece a mi pequeño y a mi misma. Hoy cumplimos cuarenta semanas juntos, y él domina muchas de mis reacciones. Ya me he acostumbrado a compartir mi cuerpo con mi pequeño, a notar sus pataditas y las molestias típicas del embarazo. Algo que ya he dicho muchas veces en artículos de este blog, por lo que no voy a seguir por ese lado y me centraré en las preguntas del título.
¿Quién soy? Buena pregunta ¿verdad? La mayoría de las personas cuando se enfrentan a esta preguntan suelen dar detalles de su persona como por ejemplo la altura, el color de los ojos, el peso, los estudios... casi ponemos el curriculum vitae. Y luego añades hobbies, algun rasgo de la personalidad y poco mas. ¿Eso es lo que soy, unas medidas, unos estudios, unos rasgos de carácter? Yo creo que no, que somos precisamente bastante mas; pero por timidez, ignorancia o acuerdo social, solemos poner esos datos. Que son parte inequívoca de nosotros; pero no son la esencia. Muchas veces damos datos de nuestro pasado; pero somos mas que nuestro pasado. ¿Por qué? Porque cambiamos y dejamos de ser los que éramos en superficie, aunque en esencia siempre somos los mismos. Hace falta valor para mirarse por dentro y preguntar ¿quién soy? Lo primero es quitarse los títulos. Entre nosotros, los títulos sólo importunan. ¿Hay diferencia entre un presidente, el dueño de la compañía y el último de los auxiliares administrativos? Salvo en la cuenta corriente, no hay mucha diferencia. Ambos son seres humanos, que ríen, lloran,comen, trabajan y como se dice vulgarmente, van al baño. Como personas no es mejor el primero del segundo. Los dos tienen la misma dignidad. Y por mucho dinero que tengas, la verdad, es que no puedes escapar del ciclo de la vida.
Una vez que nos hemos quitado los títulos externos, hay que quitarse los internos. A mi no me define ser la hija pequeña de mis padres, ni mi posible debilidad o fortaleza de carácter. Puede influir en mi manera de actuar o de mostrarme; pero no significa que sea así. ¿No os ha pasado que tras hacer una cosa alguien te dice no me esperaba eso de ti? Eso es porque te había encasillado en una categoría, que no eras tú. Cada uno tiene su propia definición de sí mismo y lo mejor es que se lo plantee de vez en cuando para caminar seguro y tener estabilidad. Lo que no concuerda conmigo, se cambia. Porque no hay nada mas triste que encerrarse en sí mismo y decir Yo no soy así. Es a nosotros mismos a los únicos a los que debemos explicaciones, por de pronto. Después vendrán las personas a las que amamos, las que nos quieren. El mandamiento del amor habla de amar al prójimo como a uno mismo, no dice para nada que hay que amar a los demás en vez de a uno mismo. También hay que quitarse los sueños, que tampoco son nosotros. Si yo me defino por ser feliz y me obsesiono hasta el punto de que no lo consigo nunca, seré desgraciada toda la vida.
Dejo la pregunta de ¿Quién soy? para la reflexión personal y paso a la segunda que me interesa hoy tratar ¿A quién pertenece este cuerpo? En esta pregunta entran en juego muchas cosas, muchos complejos, muchas dificultades. Comprendo que a todos nos gusta cambiar la apariencia física: los delgados quieren unos kilitos más, los gordos quieren adelgazar y poder entrar en algunas tiendas no sólo para mirar, sino para poderse poner esa ropita casi prohibida. Los de pelo rizado querrían no tener que pasarse horas peleando con los enredos y los de pelo liso quieren tener otras posibilidades. Por no hablar de los que no aceptan que tienen alopecia. Pienso en lo duro que tiene que ser no identificarse con el cuerpo en el que vives, en los que tienen obesidad mórbida y en los que necesitan una operación de cambio de sexo para ser ellos mismos. O como yo les llamo, la gente parche. Esos que pasan una y otra vez por el quirófano para ser un collage de las partes corporales que más le gustan, que si las orejas de tal famoso, los labios de tal otro, la nariz del de mas allá. Lo que sea por no ser uno mismo. Casi llega a ser una enfermedad tan peligrosa como la anorexia o la bulimia.
Yo no soy miss mundo, tengo kilos de más y algún que otro defectillo que puede acomplejar; pero a día de hoy me siento contenta por el cuerpo que tengo. No me obsesiona, aunque le cuido porque me tiene que durar toda la vida. Es más, para mi es algo muy positivo ver cómo mi marido me ama y le gusta este cuerpo que tengo. Desde la boda, en cierta medida, su cuerpo me pertenece y mi cuerpo le pertenece, porque somos uno, estamos unidos en una sola carne, y nuestra unión ha creado una nueva vida. Para mí sería duro que la persona a la que amo quisiera cambiarme. ¿Acaso no debe ser duro que tu pareja te esté diciendo casi cada dos por tres que estarías mucho mejor si te aumentaras el pecho, por poner un ejemplo? Sería casi un machaque psicológico porque quiere a la persona que él piensa que eres y no la que verdaderamente eres. Entiendo que exista la cirugía estética, creo que es buena en ciertos casos; pero siempre desde la aceptación personal, de amarse a uno mismo. El cuerpo es importante; pero tampoco me define a mi como persona. Porque, como queda demostrado a lo largo de la historia, se puede cambiar. No tenemos el mismo cuerpo con 20 años que con 80. Ni lo tenemos, ni lo podemos tener, le pese a quien le pese, porque en vez de personas pareceríamos momias, estiradas y ridículas, como son algunas de las personas que salen en la TV.
Dejo las preguntas y que cada uno responda lo que le parezca mas oportuno. Y si hay algo que no gusta, el mejor cambio empieza desde el interior de uno mismo.
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