Este fin de semana se celebra en todo el mundo el carnaval. Desde Rio de Janeiro, hasta Cádiz, pasando por Las Canarias o Charleston, el mundo se mueve al ritmo de la música y se olvida todo lo rutinario para entregarse a la fiesta de la carne, del carnaval. No hay lugar para los complejos, la gente sólo quiere pasarlo bien. Por unos dias, lo importante es disfrazarse, olvidarse de uno mismo para entrar en el papel que queramos ser. No hay responsabilidades, ni corbatas, ni trajes de chaqueta. La fiesta no se limita a los lugares determinados para ello sino que toma las calles, llenándolas de colorido y de buen ambiente. Por unos dias, se olvidan las diferencias y todos nos unimos a la sombra de Don Carnal.

¿Por qué nos gusta tanto el carnaval? Supongo que porque saca lo que hay dentro de nosotros. La máscara, el disfraz, nos ayuda a quitarnos la careta diaria, a volvernos como niños, a reirnos de todo lo establecido y a respirar un poco de aire, sin camisas de fuerza ni engominados. Si la Navidad saca el lado humanitario y solidario, el carnaval consigue que volvamos a los instintos básicos que están ocultos el resto del año. Es una fiesta transgresora, todo queda al margen, que hace que nos mostremos tal como somos. No deja de ser curioso que haya personas que se pasen todo el año preparando estos dias de locura y desenfreno. Las escuelas de samba, las comparsas, las murgas, las chirigotas, se preparan durante meses para mostrar lo mejor en las galas, en los teatros de fiesta y en las calles. En las ciudades con gran tradición, el carnaval es casi una filosofía de vida.

¿Qué pienso del carnaval? Bueno, la verdad es que creo que no me disfrazo desde hace años, nunca ha sido mi fiesta. Supongo que tengo demasiada vergüenza como para ponerme un disfraz en plan ridículo y salir a la calle. Seguramente puede ser porque no he vivido en una de las ciudades típicas carnavaleras. Eso sí, me encanta ver a mis sobrinos disfrazados. He recibido sus fotos por mail y ver a una gnomita, un payasete y una luna encantadora me ha alegrado un día que ya era bastante alegre. Y me falta una abejita que veré el miércoles. Todo lo que consiga que nos riamos de nosotros mismos, de la situación actual, que olvidemos los problemas por unos días, me parece bien. Evidentemente, los problemas seguirán ahí pasado el carnaval; pero al menos, durante estos dias, la gente pensará en algo más que en juicio del 11-M, la política, las elecciones y el cambio climático. Pensaremos en algo más que en el Euribor, las hipotecas, el precio de los pisos, los salarios.

Los adultos nos introducimos en una vorágine de trabajar, comer, dormir que no nos permite ver un poco mas allá. Si no tenemos cuidado, nos podemos perder muchas cosas, muchos momentos que pasan y no podemos recuperar. El Carnaval nos recuerda cada año precisamente eso, que hay que vivir con intensidad cada minuto. Las responsabilidades son importantes; pero también es necesario el equilibrio con la diversión, con la fiesta. Si nos perdemos cualquiera de las cosas variantes de la vida, tendremos un desequilibrio que nos arruinará la vida. Ni es bueno sólo fiesta, ni es bueno sólo trabajo. Para ser verdaderas personas, hace falta que tengamos ambas experiencias.