El miércoles me compré el libro de Paco Fernández Ochoa y Pedro Simón: La Vida, un slalom y como no tenía sueño, empecé a leerlo. Lo leí de un tirón, sabiendo que va a ser uno de esos libros al que tarde o temprano vuelves y lo relees. Lees despacio, pensando en una frase que te toca un poco mas de las demás. El tiempo pasa rápido, no te das cuenta de nada, metida en las páginas del libro, en la historia de una persona diferente. No voy a contar nada del libro, porque creo que lo mejor es enfrentarse sin ideas de otros, que cada uno lo lea y descubra la manera de afrontar la adversidad de una persona optimista, vitalista y que creía que la vida era algo mas que pasar días. No creo que su visión viniera producida por el cáncer, más bien, era su manera de afrontar las cosas de la vida, fueran los entrenamientos, fueran sus compromisos o bien su enfermedad. Sabía que podía morir, pero diferenciaba mucho lo que es morir de lo que es perder la vida. Morir es algo natural, por lo que vamos a pasar todos. Perder la vida es dejar de aprovechar las oportunidades, dejar que los dias pasen sin darles sentido, llegar demasiado tarde a las lecciones de verdad de la vida. Perder la vida, de hecho, es lo más "tonto" que podemos hacer, si se me permite decirlo.

La vida es un regalo que recibimos envuelto en papel de periódico, parece corriente, no se valora. No tiene marca, como no nos damos cuenta de nuestra llegada a este mundo y se nos da sin pedirlo, no valoramos la vida, salvo cuando aparece en el horizonte la muerte. Vives huyendo hacia adelante: cuando eres pequeño, quieres ser mayor, cuando estudias, quieres trabajar, piensas que serás lo que quieres ser y harás lo que quieres siempre en el futuro. Cuando trabajas, piensas que lo interesante vendrá en la jubilación, cuando podrás hacer cosas, ir a lugares distintos y vivir. Vamos quemando etapas: si estas sola, te preguntan cuándo tendrás novio, si lo tienes, cuándo te casas. Tras casarte, cuándo tendrás un hijo. Cuando lo tienes, ya te preguntan por el siguiente. ¿Dónde está el tiempo de disfrutar? ¿Por qué ese continuo huir hacia adelante? Pero algo nos hace pararnos. Una muerte cercana, una enfermedad o un accidente inesperado. La vida establecida se tambalea y descubres que si no disfrutas hoy, has perdido tiempo que no vuelve. A veces te dan ganas de gritar: "Parad el mundo. Dejadme vivir".

¿Cómo me dejan vivir los demás? Dejándome vivir cada etapa de la vida. Vivir, disfrutar, darme cuenta del momento sin pensar en el siguiente. Cierto es que si te importa demasiado la opinión de los demás, estás como pidiendo permiso para vivir, lo cual es un error. Por el mero hecho de estar vivo, merezco vivir y mi opinión vale tanto como la de las demás personas; pero en lo que atañe a mi vida, mi opinión es la que más cuenta. No se trata de egoísmo, sino de responsabilidad. Tenemos que estar agradecidos a la gente que se preocupa por nosotros; pero eso es una cosa y otra muy distinta es que nos pongan cadenas para no dejarnos volar, aunque quieran evitar que nos caigamos; pero sin caídas no aprendemos a andar. Pienso en mi pequeño, que ya le queda menos para nacer. Puede que dependa de sus padres, le iremos enseñando lo que creamos que es lo mejor, ayudándole a descubrir la vida; pero no podremos vivir la vida por él. Y nos dolerá, pero habrá decisiones que tendrá que tomar él y que tendremos que aceptar. Como hubo decisiones que nuestros padres nos dejaron tomar, aunque pensaran que no eran correctas. Eran decisiones responsables, igual de válidas que las suyas y que merecían respeto, se compartieran o no.

La vida es un slalom. Parece que la senda es recta; pero siempre toca ir de un lado a otro. Se avanza a base de quiebros, de ser flexible y adaptarte a las circunstancias. Hay muchas opciones, como personas hay en el mundo. Cada uno mide la velocidad a la que quiere ir o que necesita para llegar a la meta. A veces necesitaremos un empujón para lanzarnos. Porque a veces todo parece muy complicado y necesitamos que haya alguien que nos diga, vamos, que puedes, se puede intentar, tú vales. Nos toca a cada uno tirarnos a la piscina; pero cuando alguien te da palabras de aliento, las cosas parecen más fáciles, aunque no lo sean.