La sola palabra dolor nos asusta, nos da miedo. La experiencia del dolor es tan negativa que lo evitamos, que intentamos inmunizarnos contra él y cuando nos toca pasarlo, queremos que se acabe cuanto antes. Para muchos es tan malo que significa un castigo divino. Y si no lo aguantamos en nosotros, mucho menos cuando lo sufre una persona que nos importa o que queremos. No, no queremos el dolor ni en pintura. Se nos hace cuesta arriba. Es algo humano, va contra nuestra naturaleza.

Sin embargo, el dolor tiene su sentido. Despierta en nosotros sentimientos que nada más puede despertar. Cuando vemos sufrir a alguien a quien queremos, si pudiéramos, nos cambiaríamos por esa persona para que no le doliera. El dolor nos hace despertar, salir de la comodidad y enfrentarnos con la humanidad. Nos hace vulnerables, bajarnos de ese pedestal de que lo podemos todo y que somos fenomenales. Sí, somos muy majetes; pero, somos humanos, tenemos un principio y tenemos un fin. El dolor es el primer indicativo de que hay algo que no va. Tanto el dolor físico como el dolor psíquico. Si todo fuera genial, no sentiríamos dolor. Hasta la postura más cómoda termina cansando. Si no se cambia pronto, los músculos se duermen o duelen.

Tanto el dolor físico como el psíquico nos despiertan. Y la verdad, no sé cuál de los dos es peor. Pienso en el momento del parto. Pensar en ello es normal, son mis circunstancias actuales. Se darán los dos tipos: A mi pequeño y a mi nos toca el físico y a mi marido el psíquico, ver que las dos personas a las que mas quiere están sufriendo y que no puede hacer nada para evitarlo. Tanto mi marido como yo nos preparamos para ese momento, para esa montaña, hablando y dejando al descubierto nuestros miedos. Lo bueno es saber que la compañía nos va a fortalecer. No quitará ni un ápice de dolor, aunque pensemos que es un medio para conseguir un fin y que se nos olvidará. La verdad, en mi caso dudo de que mi cuerpo permita que me olvide, por lo menos en las primeras semanas, hasta que todo vuelva a su sitio. Por supuesto, merecerá la pena por verle la cara a mi pequeño, quien también lo pasará mal. Así el dolor se convierte en un medio para algo mucho mejor. Para mí, eso no quita que lo evite todo lo que pueda, porque ya hay demasiadas penas en el mundo como para buscar dolores complementarios. Sí, entiendo el sentido cristiano del dolor y de la penitencia; mas soy partidaria de que buscarlo por el dolor en sí mismo no hace santos sino masoquistas. Ya dice la Biblia

Misericordia quiero, no sacrificios

Si vienen sacrificios en la vida, hay que aceptarlos y trascender, ver por encima de ellos lo que busco. Una anécdota, ahora que estoy embarazada, no puedo hacer la genuflexión al entrar en una iglesia. Lo intenté el otro día y casi me caigo. Lo que me ha ayudado a descubrir que se puede amar ese encuentro que es la oración sin usar posturas incómodas para mi situación actual. Lo importante es hablar con Dios, no si estoy de rodillas o como esté.

Ver sufrir a otros nos saca de nosotros mismos. A veces es el mejor motor para ponernos en marcha, para hacer que intentemos mejorar esa situación, nos da valor para luchar. Hace que nuestro corazón humano palpite. Porque nos toca de cerca. Y nos hace descubrir fuerza que ni sabíamos que teníamos. Hay ejemplos, historias, en las que una persona, por sobrevivir, ha hecho cosas increibles, como elevar una torreta de la luz que le había caído a un compañero. Pero seguro que hay más casos. Nombrarlos todos es difícil. Pienso en un caso que ha tocado el corazón a mucha gente: Paco Fernandez Ochoa. Se enfrentó a un cáncer que le fue quitando todo lo que era su vida, el esquí, el caminar y que sin embargo lo aceptó con todo el optimismo posible. Supongo que tendría sus malos momentos; pero decidió enfrentarse a ese reto de la vida con toda su fuerza, recordando las cosas buenas y poniendo su esfuerzo en ganar esa batalla. En las imágenes que mostraron de sus últimos dias siempre tenía la sonrisa. ¿De dónde sacaba la fuerza?. Creo que de donde la podemos sacar todos, del amor. El amor hace pequeño el dolor, lo divide. La lección de los peques, una vez mas: cuando uno de mis sobrinos se hace daño, llama siempre a su mamá, se abrazan a ella y se pasa. Los adultos tenemos la absurda idea de que podemos aguantarlo solos. Para mí, cuando me duele algo, busco siempre a las personas que quiero, sus cuidados, su presencia, su apoyo. Y, caray, es como si se diluyera. Es mostrarme débil sin que me importe lo que piensen. Ahora estoy muy mermada en mis posibilidades, en mis movimientos. No me enfado, pido ayuda. Yo estoy en la ocupación de cuidar a mi pequeño y si no llego a una balda, si no puedo cargar peso, o si no puedo abrocharme las botas, no pasa nada. No me duele pedir ayuda a mi marido.

El dolor afecta en la medida en que le dejemos que nos afecte. Podemos verle su sentido positivo o quedarnos en esos momentos de sufrir, en las heridas. Heridas que hacen que el tiempo se detenga si me quedo en mi. Tengo la posibilidad de elegir, como siempre en la vida. De hecho es que todos somos un cúmulo de elecciones. Mi pequeño es la elección por la vida que hicimos mi marido y yo. En su vida tomaremos decisiones pensando en su bien y él terminará tomandos sus propias elecciones. Siempre podemos elegir. Hay muchas rutas para llegar a la cumbre de una montaña. El esfuerzo merece la pena cuando lleguemos a la cumbre y divisemos el horizonte. Puede que dure poco y que sea dificil de comprender el esfuerzo de subir para luego disfrutar unos minutos y tener que bajar. Es consecuencia de la elección. Los retos conseguidos se disfrutan poco, eliges uno nuevo y toca volver a empezar, volver a luchar, volver a sufrir y conseguir algo, ya sea triunfo o fracaso, se consigue siempre algo.

La experiencia nos enriquece como seres humanos. El miedo al dolor proviene a veces de que no lo hemos vivido. Sí, me han contado muchos partos, incluso he visto alguno en documentales; pero yo no he pasado esa experiencia. Si nunca te has hecho daño en una rodilla al montar en bici, te encuentras ante algo desconocido la primera vez que te haces esa herida. Y da cierto miedo, porque no hay experiencia. Y para ti es importante, aunque los demás te digan bah! no es para tanto. A las primerizas, las "expertas" nos dicen algo parecido sin darse cuenta de que no te quitan la preocupación. Quizá no es para tanto para ti, que ya tienes la experiencia; pero recuerda cuando no la tenías, cuando te enfrentaste a ella por primera vez, seguro que sí era para tanto. Cada parto es distinto. Y, como te dicen que un parto puede durar horas, pues claro, te ponen en lo peor, te tensas y consigues que te duela mas, sólo el mero hecho de pensarlo ya te duele. Aunque no quieras hacerlas caso, parece que todo el mundo tiene derecho a aconsejarte y que, si hay millones de personas, antes que tú ha habido millones de madres que han pasado por lo mismo. Siento decirlo, pero eso no me anima lo más mínimo y tengo derecho a tener miedo a lo desconocido. Y yo, desconozco el dolor del parto. Ni siquiera sé si las contracciones son como me han dicho. Creo que lo mejor es esperar a que llegue el momento, antes de hacerme una idea de lo que es ese tipo de dolores. Prefiero esperar a tener esa experiencia personal para saber cómo es. Por ahora, puedo hablar de la fatiga de mi embarazo, de mi pelea con el orgullo cuando me canso más que antes, o me tengo que parar en alguno de mis paseos.

El sentido del dolor depende de la persona que lo experimenta. Depende del enfoque que le quiera dar cada uno. Todo dolor tiene su sentido, nos proporcionará una enseñanza. El sentido del dolor es el que le dé la persona que lo sufre. No es un castigo, es una oportunidad vital, una enseñanza que se queda en nuestro cuerpo y en nuestra mente, dejando una cicatriz, para llegar a nuestra meta. Nadie nos la pone, la elegimos nosotros. Es uno mismo el que tiene que pasar por esa experiencia, por ese conocimiento práctico para crecer. Los árboles, si no se podan, no llegan a su máximo esplendor. Si no se mete el cincel en la piedra, no se puede sacar la escultura que lleva dentro. El dolor siempre es instrumento, incluso el que no se puede explicar, hasta la peor enfermedad. Si no es para uno mismo, quien sabe, si a lo mejor produce la reflexión en otro, la investigación para paliarlo y evitarlo en otras personas. No nos quedemos en él, sino que miremos más allá desde los ojos de cada uno. Hasta el dolor más pequeño puede ser importante, molesto si nos quedamos en él. Miremos más allá.