El miércoles mi marido y yo nos fuimos a dar una vuelta a la sierra de Madrid y acabamos visitando El Paular. Allí pudimos disfrutar de una visita al monasterio guiados por un monje benedictino, que no sabía muchísimo de arte; pero sí que sabía cosas de la que ha sido su casa por 50 años. Una persona que parecía un borde al principio, que fue llamando la atención de los visitantes en detalles únicos de un monasterio que en principio fue una Cartuja. Una visita después de ver El Gran Silencio, que hace percibir el silencio de forma muy distinta. Tenía mis dudas de si aguantaría, porque es una hora mas o menos de visita y si el peque empezaba a dar patadas, estar de pie sería un inconveniente. Una vez más, el peque es el centro de mi vida, quien marca lo que puede hacer y lo que no puede hacer su mamá. El grupo de visitantes era numeroso y entre nosotros había tres pequeños con sus respectivos carritos. El monje ya advirtió desde un principio que una vez empezada la visita había que continuar hasta el final y que, las mamás ponderaran si los pequeños aguantarían. También dejó muy claro que era una visita a un monasterio, no a un museo y que por tanto, quien no se sintiera capaz de estar en silencio durante una hora, que era mejor que se quedara fuera. Un par de personas no iniciaron la visita.

Allí estábamos, a las cinco de la tarde de un dia festivo, visitando un monasterio. Ya he perdido la cuenta de los que hemos visto mi marido y yo. Lo curioso es que nos hemos recorrido kilómetros para ver monasterios en Granada, La Rioja, Navarra, Castilla y León; pero uno de los que teníamos mas cerca, en Madrid, no lo habíamos visto. Yo pude verlo en una excursión a la nieve con la parroquia hacía unos años; pero él no lo había visto nunca. Siempre ocurre lo mismo, Recorres muchos kilómetros para ver cosas, cuando lo que tienes cerca no lo conoces. Valoras mas lo que está lejos, que lo que está a mano. Vamos a una nueva ciudad y hacemos fotos a las cosas que nos llaman la atención. En la nuestra, vamos como zombis, sin mirar, acostumbrados a un camino, buscando nuestra meta sin contemplar lo que hay a nuestro alrededor. Pienso en la de veces que mi marido y yo hemos dicho que teníamos que coger un dia la cámara y fotografiar Madrid. Pero como está cerca, nunca lo hacemos.

La visita estuvo muy bien, a nivel de arte mucho barroco y a nivel espiritual mucha paz. Mi pequeño sólo se movió al final de la misma. Y es que el miércoles, dia festivo que no sagrado, era uno de los pocos dias en el año en que no era fiesta religiosa, con lo que no había iglesias engalanadas, ni horario de misas especial. Era un dia normal para los monjes, un dia de fiesta para los seglares, sin trabajo, para vivirlo en familia tranquilamente. En el monasterio pudimos comprar un libro sobre el mismo y su magnífico retablo, un imán para la nevera (una tradición) y también unas pastas variadas de un monasterio cisterciense de Toledo que están para quitarse el sombrero. Sin nada de producto artificial, las pastas son una verdadera delicia y hacía mucho que no comía algo tan bueno. Se nota que están hechas poniendo todo el cariño y que son artesanales. La verdad es que no nos fijamos en el precio. Me pregunto hasta qué punto se puede medir económicamente el esfuerzo de unas monjas haciendo dulces para mantener su monasterio y su vida. Después de pensarlo un poco, el precio de la caja me pareció barato. Después de probarlas, me recordaron a las clarisas de Trujillo, para mi, la mejor reposteria monacal de España. Si no se puede ir, una buena opción es visitar EXPOCLAUSURA una exposición y venta de productos hechos en monasterios de clausura que empieza mañana y termina el 17. El año pasado nosotros fuimos y, aunque me agobié con tanta gente, reconozco que me pareció una buena idea en un sitio pequeño.

Volviendo a nuestro miércoles, después de la visita y de llenar el depósito del coche, compramos un poco de comida y nos decidimos a volver a casa por el puerto de Cotos y el de Navacerrada. Nos ahorrábamos kilómetros y de paso veíamos un paisaje diferente. Y es que, es una de las cosas buenas de los planes improvisados. En la maoyoría de los casos, siempre salen bien. Nosotros sabíamos que íbamos a salir esa tarde; pero no había mas plan que ese. El lugar donde iríamos, lo que haríamos era una incognita, algo que íbamos decidiendo sobre la marcha. No esperábamos nada de una tarde normal y nos dejamos sorprender de un tiempo en el que, como siempre, lo mejor era la compañía. Yendo juntos y sin prisa, seguro que terminábamos contentos. La carretera estaba limpia y pudimos ver la nieve, mientras íbamos ascendiendo. Es la primera vez en este año que veíamos la nieve y, no nos paramos porque hacía una temperatura de -2º. Acabamos parando en Navacerrada pueblo, tomando un chocolate con picatostes en el restaurante Los Robles , un sitio que encontramos de casualidad y que nos dejó un estupendo sabor de boca. Lo curioso es que allí nos encontramos a un compañero de trabajo. Casualidades de la vida y una sorpresa porque, como ya he dicho antes, íbamos improvisando lo que hacíamos.

Terminamos la tarde, volviendo a casa, cansados pero felices porque había aguantado una tarde casi a ritmo normal, lo que es una proeza para una embarazada de baja como yo. Encantados y pensando que los planes así, un poco definidos y un poco a la aventura es cuando mejor salen las cosas. Un día normal que terminamos haciendo especial y que recordaremos bastante tiempo.