Hoy no tengo muy claro sobre lo que voy a escribir. A veces pasa, tienes muchas cosas en la cabeza, muchas ideas que pensar y un buen día, te plantas ante el ordenador sin saber muy bien de qué hablar. Hay ideas de libros que he leído, me han pasado cosas esta semana... pero todo de cosas corrientes, que le pasan a cualquiera. El viernes, por ejemplo, estuve en una fiesta donde ví a compañeros del trabajo. No suelo salir mucho, salvo para mis paseos y visitas al médico. Gente que hacía meses que no me veía y me hizo bien, ver que en su caras había preocupación por saber cómo estaba y alegría por verme en la fiesta. Había mucha gente que no conocía; pero todos los conocidos se acercaron a verme. Se puede decir que sentí el calor humano y me hizo bien. Estrené ropa y mi marido se quedó una vez más embobado, algo que me encanta. Es una pasada que la persona que amas y que te ama siga cada día fijándose en ti, enamorándose y viviendo el instante pendiente de ti. Sólo era una ropa de fiesta; pero lo que me dijo le salió de dentro, eso se nota y me alegró el dia. Y, mi pequeño sigue moviéndose y recordándome que en unas semanas nos veremos las caras, podré tenerle entre mis brazos.
El tiempo pasa muy deprisa. A veces, tanto que cuando te quieres dar cuenta, otro año se ha pasado. En mi caso, el embarazo está llegando a su fin. Los dias parecen que vuelan y me pregunto si estoy preparada para todos los cambios que se avecinan. Tengo que empezar a preparar las cosas para el hospital, para cuando llegue el momento. La verdad es que asusta, es una nueva faceta de la vida que espero y que temo al mismo tiempo. El sábado tuve un sueño, casi lo podría llamar una pesadilla. Me olvidaba a mi pequeño dos horas, en una casa, él estaba en una trona jugando con unos cubos y cuando me veía, no había reproche, sólo me ponía una carita de tranquilidad y me lanzaba los bracitos. Tengo esa mirada clavada en la mente. Se lo conté a mi marido entre sollozos y reconozco que aún lo paso mal cuando lo recuerdo. Fue un sueño, que hizo que fuera consciente de uno de mis grandes temores. Sí, he tenido el ejemplo de mi madre en mi vida, he visto cómo lo hacen mis hermanas y... me da miedo no poder darle todo a mi pequeño. Por mi embarazo estoy de baja y cuando nazca dedicaré mucho tiempo a estar con él. Sé que no hay clases para ser buena madre, me gradúo el mismo día del parto, después de nueves meses con mucha teoría, y desde ese momento tengo que ejercer, sin saber muy bién qué hacer. El futuro está lleno de miedo y espero saber reaccionar a todas sus necesidades. No se trata de ser protectora; pero en la primera etapa de su vida yo soy su cochecito, su cuna, su abastecimiento, todo. Cuando venga al mundo, sentirá frío y muchas otras cosas que tendrá que afrontar. Sus padres seremos para él su forma de hacer cosas, de levantarse de la cuna, quien llene su estómago, quien le quiera, quien le lleve a sitios y sus brazos a la hora de llorar. Y yo quiero hacerlo bien, no olvidarme de él y estar pendiente de sus necesidades. El hecho de pensar que puedo fallar a esta personita tan pequeña y tan necesitada me da miedo. Porque si algo he aprendido en mi vida es que fallo cuando menos quiero hacerlo.
Veo el futuro como una oportunidad de hacer cosas, con responsabilidades en la vida que quiero afrontar y que son posibilidades de intentarlo. Una cosa es hacerlo bien o hacerlo mal. Sé que me voy a equivocar, y que caeré en temas que quiero evitar. Lo sé y lo acepto. Soy humana, como todos los demás. Y gracias a los errores podré encontrar el camino de verdad. Pero hoy, ya véis, ando con la cabeza llena de dudas. Mi pequeño sigue haciendo de las suyas, dando patadas y descubriendo el mundo que tiene a su alrededor. Ajeno a mis dudas, sin saber, aceptando las cosas que siempre han sucedido a su alrededor. Despertando a la vida y, en cierta forma, confiando en su mamá. No sabe lo que soy; pero sabe que soy un sonido que escucha a menudo, que nota que le toca y escucha mi corazón. Soy su mundo, no conoce nada y sin embargo me enseña a confiar. ¿Por qué? Porque aunque él no lo sepa, confía en que le mande comida por el cordón umbilical, confía en que cubra sus necesidades. No ha pedido nada, ni siquiera el venir al mundo y sin saberlo pone su vida en mis manos. Y saca y sacará a la niña que llevo dentro. Esa que la adulta deja poco asomarse. ¿Por qué?. Porque pienso que como adulta debo dejar de hacer cosas que como niña ni me planteaba. Toda cosa tiene su etapa de hacerse en la vida. Es cierto; pero podemos disfrutar de lo de antes, con esa claridad, sencillez y abandono característico de los niños. Y como decía aquel cantautor
la única diferencia entre un niño y un adulto es el precio de sus juguetes.
Y es verdad, aunque los precios de los juguetes de niños empiezan a ser grandes, no se pueden comparar con portátiles, móviles, PDA's, coches ... etc. Ahora comprendo un poco mejor la enseñanza del Evangelio, cuando se nos dice que si no volvemos a ser como niños, no entraremos en el reino de los cielos. Basta pasar un rato con mis sobrinos para darme cuenta de lo que quiere decirme. Los adultos ponemos el corazón en cosas que no merecen la pena. Y son los niños los que nos enseñan el verdadero valor de la vida. Valoramos mucho mas el trabajo a la vida personal, pensamos que es una pérdida de tiempo tirarnos en la alfombra con los peques y jugar a mover un columpio. Estamos tan ocupados que esos juegos, son cosas de niños, cosas que no merecen el interés de un adulto. Y nos ponemos muy serios, a hablar de política, de futbol... y nos perdemos lo mejor de la vida. ¿Merece la pena tanto trabajo, tanto ganar dinero y cuando llegamos a casa no hay nadie que nos espere o no escuchamos una vocecita que nos requiere para jugar a la pelota? ¿Podrá darnos el dinero o el prestigio la opción de vivir mejor?. Nos facilita el acceso a determinadas cosas; pero ¿de verdad nos hace vivir mejor? Al final de nuestra vida, si no hemos perdido la cabeza en esos delirios de grandeza hueca, nos encontraremos solos, y perdidos.
La vida merece la pena ser vivida y dar vida es lo que le da sentido a muchas cosas. Tomarnos tan en serio no hace mas que amargar carácteres. Hay que ser serio cuando hay que serlo, nada mas. Los peques nos tienen mucho mas que enseñar que nosotros a ellos. Sólo espero no perderme nada de lo que mi peque quiera enseñarme. Ya ha cambiado la vida de sus padres, los proyectos y las metas. Las alegrías que me da hoy, no se compran con dinero. Y cuando aparezca el miedo, el temor de si lo haré bien, espero que su carita me haga olvidarme de mi y responder a sus necesidades.
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