En el panorama cinematográfico actual podemos encontrar una película-documental titulada El gran silencio. En Madrid sólo la dan tres salas. Son tres horas en silencio, sólo roto por el sonido de las campanas llamando a la oración, el cántico de los monjes y poco mas. Porque son tres horas en la vida de la Cartuja de Grenoble. Tres horas viendo la vida de los monjes cartujos, quienes dedican su vida a la oración, el silencio y la soledad. Esa es su vocación. Y, para ver la película, hay que estar preparado. No deja indiferente. O te gusta y te conmueve o te aburre soberanamente. Contemplas la forma de vida de otras personas, despacio, casi como lo hicieras por una rendija o una mirilla. No hay efectos, ni luz artificial, ni diálogos, sólo de vez en cuando textos de la Biblia. Las pantallas en negro se dan a menudo, y los detalles que capta la cámara parece que carecen de sentido.
Acercarse desde nuestra óptica a una vida tan distinta como la de un monje es un gran contraste. Hacer silencio externo es complicado y mucho mas hacer el silencio interior. Y cuando estas viendo esta película, la primera reacción es el nerviosismo, por lo menos por lo que me toca me preguntaba si podría aguantar, si podría verla entera sin decir nada, descubrir lo que el director quiere decirme sin usar la voz. Cierto es que una imagen vale más que mil palabras; pero una vida tan distinta a la mia ¿podría decirme algo? ¿sería capaz de entenderlo?. Quería verla, porque una apuesta así en un mundo lleno de voces, de rutina y de cosas había que verla. Una persona que deja su vida y se va seis meses a un monasterio, a vivir como un monje sin serlo, a filmar su vida cotidiana sin poder introducir efectos. Mostrar la realidad tal cual la ven sus ojos.
Tres horas en silencio es un reto, una llamada de atención en tu vida. Es ver algo distinto y permitir que te toque el corazón, que te plantees qué haces tú con tu vida. En mi caso, resultó curioso, porque mientras la veía, mi pequeño no dejó de dar patadas. Pensé en los padres, en la familia de esos hombres que entraban en clausura, sin comodidades y sólo con el objetivo de dar su vida a la oración, a la penitencia, entregarla a Dios. Y desde lo escondido, sin que les vean. Vida contemplativa que hace que se alejen de lo que querían, sus padres, su familia, renunciando a formar una nueva, dejando la patria y en este caso, dejando hasta la voluntad de comunicarse con el lenguaje verbal. Pensaba en las desgracias del mundo y la incomprensión de esta vida, que nos parece la opción más fácil, una vida sencilla, donde te lo dan todo, te dicen todo lo que tienes que hacer: el vestido, el horario, lo que comes, lo que lees, lo que haces en el trabajo. Te lo dicen todo y sólo tienes que obedecer y dejarte guiar. Algo que se opone a nuestra voluntad orgullosa de querer marcar uno mismo lo que hace en el día. Parece que les deja sin capacidad de decisión. Porque en la Cartuja, uno deja de ser uno mismo para ser uno mas.
Cuando, después de verla, te enfrentas a la vida cotidiana, lo primero que percibes es ruido: el tráfico, la TV, el teléfono, las conversaciones en la calle en la que se enteran todos los vecinos. Te choca también la ornamentación de las calles, los "Papá Noel" colgados en las ventanas, la diversidad a la hora de vestir, la ventana al mundo que es Internet. En una palabra, la dificultad a la hora de hacer silencio en la vida. Te deja una inquietud, algo que si fuera al revés no pasaría, porque las personas que están en un monasterio dejaron ese mismo mundo en el que yo vivo. No les daba algo que llenara el corazón. Te sorprende su sonrisa, soy alegría en medio de la nieve llevando sandalias. Su mirada serena, su tranquilidad y estabilidad profunda. Su total convencimiento de que su vida merece la pena es algo que choca con nuestra mentalidad.
Si queremos conocer algo más de la vida en la Cartuja, no es necesario que busquemos fuera de España. Uno de los monasterios que conozco es Aula Dei . Allí tengo un amigo, del cual no tengo noticias desde hace años, que nos sorprendió a todos diciendo que se iba a la Cartuja. Una persona vivaz, que no podía estarse callado ni dos minutos. Un buen día nos dijo que había encontrado su sitio y feliz se marchó, dejándonos a todos "alucinando". Y allí sigue, después de mas de 10 años. No lo he vuelto a ver; pero sé que es feliz. Haciendo que su vida sea un interrogante, un preguntarme constante si de verdad soy feliz "aquí fuera" y haciéndome estar atenta a la felicidad que se me ofrece cada dia. Si él es feliz ¿por qué no puedo serlo yo?. No me creo que haya gente que pueda y gente que no pueda alcanzarla. Cada uno en lo suyo, con sus movidas, con sus sueños y con su opción de vida. Y no cambio mi vida por la suya. Yo estoy viviendo el milagro del amor humano, tener una vida en mi vientre y un proyecto de vida en común con mi marido. Una forma de vida que también hace ser felices, igual que los monjes. Porque no creo que Dios tenga "hijos de primera" e "hijos de segunda". No creo que los consagrados (sacerdotes, monjes, monjas, religiosos...) tengan posibilidad de ser felices de verdad y los laicos, los que no pertenecemos a nada estemos "condenados" al valle de lágrimas. No, creo que en medio de mi dia a dia, puedo ser feliz de verdad, con todos mis lios. A lo mejor me equivoco, pero creo que esa idea no sería planteable con la Justicia Divina. Tampoco niego la felicidad para los que no creen en Dios. Son diferentes maneras de vivirla, depende de cada cual.
Recomiendo que, quien pueda y se atreva, vea la película. Si no se puede aguantar o crees que es una pérdida de tiempo, dala una oportunidad. Sabiendo que lo que vas a ver es la vida ordinaria, la vida cotidiana de una comunidad de monjes franceses. Algo distinto a lo que vivimos. Si no quieres verla en el cine, creo que en el "e-mule" está también. Es otra visión de la vida, de la que se puede aprender.
Puedes pedírmelo a mi, si lo quieres dedicado y con un marca páginas, por correo en la siguiente dirección
ultreiablog@gmail.com






Los comentarios están cerrados