Hace tiempo alguien me preguntó casi en confidencia si era del Opus Dei. Tras mi cara de sorpresa y mi negativa me indicó que pensaba que lo era porque llevaba una medalla de Escrivá en el cuello. A lo cual respondí que también llevaba una de San Benito y no era benedictina, llevaba el escapulario y no era carmelita, una de San Francisco Javier y no era jesuita. Evidentemente, no tengo nada en contra de las órdenes religiosas, movimientos o del Opus. Mi vivencia con esa realidad ha sido siempre positiva, y no puedo negar ese pasado por todo lo que me ha enseñado. No soy de nada de eso porque no he creído que estuviera llamada a ello. Tengo fe, creo en Dios y soy católica; pero no me he visto en ninguna de las familias que forman la Iglesia. Es una opción como cualquier otra.

Esta anécdota me recuerda de la importancia de lo que llevamos encima. Las apariencias siguen marcando nuestra sociedad. El mero hecho de llevar un colgante o una camiseta nos marca en lo que respecta a los demás. Nos hace formar parte de un grupo, al menos en apariencia. Creo que nadie se podría imaginar a un seguidor del Madrid con una camiseta del Barça. O quizá sí, para jugar al despiste y para que nadie le margine. Conozco a personas que no le gustan determinados programas de TV y sin embargo los ve para poder tener conversación en la oficina. Queremos ser nosotros mismos; pero al mismo tiempo no queremos que nos marginen. Y si lo que se lleva es ver programas de dudosa calidad, pues se ven o se graban para verlos a solas.

Nadie quiere destacar demasiado, se prefiere formar parte de un grupo, y si se puede, que sea el que marca la diferencia. Vestimos mas o menos todos igual, escuchamos mas o menos la misma música y cuando vemos a gente que no es como nosotros, a veces les ridiculizas, otras veces les ignoras. Y cada día nos cuesta mas reirnos de nosotros mismos, nos tomamos demasiado en serio y nos importa tanto la apariencia que no nos importa sufrir. En unas semanas, estaremos con la fiesta de Nochevieja. Las chicas buscarán vestiditos de tirantes en pleno invierno, por lo que la mayoría de las veces te dejas el abrigo puesto o si luces palmito, pagas la osadía con un catarro de los que hacen historia. Por no hablar de los famosos zapatos de aguja, de los que te dejan los pies doloridos una semana y a la segunda canción que suena no puedes mas que mover las piernas porque los pies son como botas de cemento. Y si hablamos de los cánones de belleza, pues está la tortura de los alisadores de pelo para las que tenemos el pelo rizado y los rulos para las que lo tienen liso. Porque todo depende de lo que se lleva esa temporada, por no hablar de colores de pelo y su particular guerra, todos nos sabemos el chiste de las rubias no somos tontas. No puedo olvidarme del afeitarse los hombres y el depilarse las mujeres. Que nos podremos acostumbrar a los tirones; pero duele y nos hace estar pendientes de cosas que quizá no son tan importantes. Un ejemplo, un tanto exagerado pero real:

Estás con la persona que te gusta y te das cuenta de que hay una parte de la pierna donde te has dejado tres pelos. Y la mente te juega la mala pasada de no dejar de pensar en ello. Algo absurdo; pero que pasa y buscas ocultarlo para que él no lo vea y no piense que no eres la fachada que querías mostrarle.

Nadie se levanta estupenda, maquillada y peinada de la cama por las mañanas. Eso sólo pasa en las películas y es pura fantasía. Y si esa es la imagen que le vendes a la persona que quiere que esté contigo el resto de tu vida, ni te cuento el susto que se va a llevar tras la primera noche juntos. Y, si te quiere por esa imagen, no creo que esté contigo mucho tiempo, porque es ley de vida, las personas envejecen, salen arrugas y por mucho maquillaje que te eches, salen los primeros achaques.

También aparecen los auténticos originales que les importa tres pimientos la moda, lo que piensen los demás y lo que llevan puesto. De hecho, son tan originales que de hecho se convierten en otro grupo, los provocadores, que siempre llaman la atención, como signo de personalidad y, paradójicamente, lo hacen para ser aceptados. Pienso tambien en los que les cuesta ir al cine solos, o pasear solos, o entrar en una cafetería para tomar un cafe. La soledad no está bien vista en la sociedad, aunque cada vez haya mas gente sola. O los que compran un coche determinado buscando dar una imagen que no se corresponde con su realidad; pero que el coche les da esa seguridad (y no por los airbags que tenga) que no tienen o hace que la gente les mire en los semáforos. Pienso en la gente que es dependiente de su imagen, que dicen que tienen un chalet en su pueblo esperando que nadie vaya por allí para ver que lo que tienen es una casita igual que los demás. O los que niegan sus orígenes para no parecer menos que los que les rodean. Todo por obtener la aprobación de los demás, de su grupo.

Creo que ir con una careta puesta todo el día debe ser muy cansado y, puede plantear la problemática de que te olvides de quién eres tú. Ser tú mismo es algo mucho mejor y que los demás hagan lo que quieran. Además, tantas cosas dependen del momento en que estás viviendo que controlarlo todo es una misión imposible. Por ejemplo, si voy de peregrinación, dudosamente llevaría una camiseta de la seta loca, aunque haya algunas de ellas que me parecen geniales. Tampoco iría a la oficina con un vestido de noche. Cada cosa tiene su momento y su lugar. Y si me acepto como soy, tengo muchas mas posibilidades que si vivo de cara a los demás, olvidándome de cómo me encuentro y las cosas me llenarán. Puedo sacarle el jugo a la vida, sin importar tanto lo que llevo encima. Si estoy pendiente de lo que llevo o lo que llevan los demás, me voy a perder a personas estupendas, me perderé el paisaje y no creo que pueda abrir las alas y volar hacia mis sueños.

No, prefiero ser yo a seguir la vorágine de ser quien piensan los demás que soy. Prefiero pensar por mi misma a esperar que los demás decidan por mi, aunque me equivoque. Sobre todo, me parece que es mas interesante la conversación que puede brindar una persona que su aspecto, dentro de las normas básicas de la higiene, por supuesto. Eso puede llevarme que haya sitios donde me acepten y otros en los que me marginen. No se puede gustar a todo el mundo. Mientras me guste a mi y sea fiel a mi misma, lo demás es secundario. Puede que mi manera de ser plantee incognitas a los demás, o que provoque situaciones extremas, que me quieran o que me odien. Eso dependerá de los demás. Yo tengo bastante con saber quien soy, saber cómo estoy en este momento y vivir conforme a lo que creo, pienso y siento.