Mi marido me ha hablado de un curioso blog: Abandonalia y la verdad, es que después de navegar por él, me he acordado de lugares que conozco y que me hicieron pensar en lo que pongo en el título, el capricho del ser humano. Porque, es un capricho que haya lugares que se van poblando y al cabo del tiempo se convierten en una gran ciudad y otros, en cambio, se abandonan y se envían al olvido. Es un capricho porque en las dos opciones, hay personas, hay vivencias, hay historias. Y no hay nada que diga que una pueblo va a prosperar o se va a abandonar. Las situaciones geográficas pueden influir, el estar cerca de un río, el tipo de tierra que lo rodea; pero no creo que eso sea lo determinante.
Muchos pueblos se abandonaron porque la gente se marchó a las ciudades en busca de trabajo, de éxito y de una vida mejor. ¿Qué es lo que marcó que unos lugares se poblaran y otros se despoblaran?. Creo que el capricho humano. Los pueblos abandonados, que figuran a los márgenes de nuestras carreteras nos hablan de historias. Fueron útiles hace tiempo para albergar a una familia, un amor. Y cuando dejaron de ser útiles, se arrinconaron. En la actualidad hay pueblos habitados por muy pocas personas. Incluso se llega a fomentar que la gente vaya a hacer su hogar a base de regalar casa y ofrecer trabajo. O se hacen "caravanas de mujeres" como en Cobos de Fuentidueña (Segovia) o Villafrechós en Valladolid, pues hay muchos holmbres solteros en el pueblo y pocas familias, por lo que se intenta que vayan mujeres de otros sitios y así hacer aumentar la población. Demostrando que se puede vivir muy bien en pueblo con pocos habitantes. Allí no hay problemas de malos humos, atascos y precios prohibitivos de la vivienda, como en las capitales. Y el trabajo, pues hombre, no hay muchas oficinas, pero el trabajo manual puede enseñar muchas cosas y aunque no ganes tanto como en otro sitio, puede que también no tengas tantos gastos.
Muchos de nosotros, que vivimos en las ciudades, pensamos que seríamos más felices en el campo, en pueblo pequeños, teniendo un hotelito rural, o siendo guardabosques, o cultivando champiñones. Nos escapamos a los pueblos buscando ese nivel de vida que perdemos en la ciudad. Tiene muchas cosas buenas, pero sobra estrés, prisa y es difícil ver las estrellas. Ahora se buscan soluciones intermedias. Vivir en un pueblo cercano a la capital, donde están las ventajas y menos inconvenientes. También hay precios demasiado altos en las ciudades colindantes o en las que se han convertido en "ciudades dormitorio".
Es lo que se llama el capricho humano de querer siempre lo que no se tiene. Los que viven en los pueblos, buscan su futuro en la ciudad y los que viven en la ciudad buscan la tranquilidad del campo. ¿Lo dejaría todo y empezaría una nueva vida en el campo? No será la primera vez que ejecutivos, ingenieros o gente con un buen sueldo, lo deja todo y compra una casita en un paraje perdido para vivir una nueva vida. Para muchos es locura, para otros lo que provocan es envidia. Muchos de esos pueblos abandonados se empiezan rehabilitando por el sueño de un ciudadano cansado, hastiado de su vida. Se compra una casa o se rehabilita la de los abuelos o de los bisabuelos. Se vuelve a las raíces, a un lugar que trae buenos recuerdos y se apuesta por una vida nueva. Se añaden comodidades, porque nadie dice que se viva sin luz o agua corriente. Y al final, se consigue.
Se abandona el modelo de vida urbano, por buscar un poco de humanidad. No es un camino de rosas y no siempre se consigue la felicidad. Pero si no se intenta, no se consigue nada. Seguro que también hay mucha gente feliz en medio del bullicio de las ciudades, en plena hora punta, o en las calles repletas de gente en los dias de Navidad, cuando más que calles parecen una marea de cabezas. Y también habrá gente feliz en las ciudades que pasan alguna temporada en un pueblo y que son felices allí también.
Recuerdo que la primera vez que entré en un convento de clausura me llamó la atención la tranquilidad que se respiraba cuando estaba en medio de la ciudad. Fuera se oían los pitos de los coches, el ruido de los motores, las voces de los vendedores. Dentro, había veces que oía sólo el latido de mi corazón. Fuera había comodidades, dentro... el frío de la iglesia sin radiadores, la incomodidad de los bancos antiguos y el viento que se colaba por las rendijas de las ventanas. Fuera estaban los periódicos, la televisión, la radio, internet... la libertad de decisión, hacer lo que da la gana... dentro las reglas, el silencio, la soledad, el estar supeditado a los demás. Y lo curioso es que, al hablar con aquellas mujeres, sentí que su felicidad era de verdad y que fuera de esos muros era casi imposible sentirla. Me enseñaron mucho y me dieron más de lo que el mundo de afuera jamás me podría ofrecer. Es una vida muy dura, dificil; pero que puede hacer feliz.
Cuento este recuerdo porque también hay monasterios abandonados, mucha menos vida consagrada que antes. La sociedad nos brinda muchas opciones de vida, no como antes que siendo mujer, o te casabas o te ibas al convento. Los tiempos han cambiado y los que ahora entran en religión lo hacen eligiendo entre varias opciones. Algo respetable, se entienda o no. Y porque haya menos gente, no significa que haya menos vida, como en los pueblos rurales que están poco habitados. Cuando se abandona un pueblo, algo de los que allí moraron queda. Al pasear por sus calles tenemos una llamada de atención a pensar en nuestra vida, en nuestros logros y fracasos. Se nos invita a pensar en cómo era la vida de sus habitantes, y las circunstancias que les llevaron a dejarlos. Son historias que se perdieron en el tiempo y quien sabe si no se perdió con ello también sabiduría, plantas que curan, remedios caseros o conocimientos que se transmitían de padres a hijos, no en la escuela. Algo del ser humano se queda en ese lugar abandonado. Algo de humanidad se pierde en esas calles desiertas.
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hola
Hola Lolo:D
Muy breve tu comentario.
Besotes